La teoría de las bragas feas: te las pones y follas

No falla. Te las pones, y ese día follas. Esas bragas taaaaan feas… porque todas las tenemos, sí, bragas objetivamente horrendas, anchotas, cuyas gomas no se clavan ni te sacan (más) chicha. Las bragas de la regla. Que te las pones aunque no la tengas, claro. Quieres ir cómoda, las llevas y piensas “total pa quien me las va a ver”… (en esto me acuerdo de mi abuela que siempre decía que había que ir con las bragas limpias y sin agujeros por si te pasaba a algo y acababas en el médico, por Dios qué va a pensar si te ve esas bragas con boquetes, Irmanita mi vida, que vergüenza)…

A lo que voy: en esta teoría valen tanto bragas feas como esas con el elástico vencido, con el boquetito de turno (bah, ya las tiraré, que son como un guante) o incluso (modo puajjjj) con el manchurrón marrón de sangre que no se quita ni tirándolas al fuego. Pero tú vas cómoda, joder, qué más da… bastante me aprietan ya los vaqueros de la 38, que por mis muertos me lo sigo poniendo, aunque tenga ahora una talla 40 (ya más tirando a la 41 y medio). Y ahí que sales de tu casa en plan “ a tomarme una y me voy”, con tus bragas feas… y ¡pum! Follas…

Y no, no hablo del caso Brigitte Jones y su braga-faja para verse estilizada, embutida en un vestido negro de tubo. Esto es mas “voy feliz y sin ataduras ni presiones en la carne y tranquila y relajada porque hoy no toco a un tío ni con un palo) pero he dicho que ese día ¡pum! Follas.

Sí amigas es una teoría empírica. Cagoentó… Diosantooo… tienes un cajón repleto de prendas de encajes, tangas, lacitos, leopardos y fantasía pero tú acabas en la cama de un tío monísimo que está a punto de quitarte una de esas bragas cedidas de algodón de Primark con dibujos de caballitos de mar, descoloridas y con el lacito colgando, a medio caer. Sí, es así. Tú que no querías trincar nada esa noche, tú que te tomabas un gintonic y te ibas a casa… tú que eras feliz sin enseñarle las miserias a nadie, tú que no soportas dormir en pelotas porque te da cistitis fijo, tú que no encuentras las bragas entre el enredo de sábanas y prendas y endredones que huelen a sexo…

Joder, tú que tienes que pedir ayuda al chico a encontrar tus horrendas bragas, tú que piensas que lo fácil sería como con el móvil, llamar a tus bragas a ver dónde están, que se iluminen y tú llegues antes a ellas, tú que rezas por encontrarlas primero, tú que te mueres cuando el tío dice: aquí están, dándotelas como quien acaba de encontrar un pañal de bebé recién cagado, y tú que te das cuenta de que anoche, con la pasión, el tipo ni te miró ni las bragas pero que ahora, a plena luz del día, las ha visto, ha visto los caballitos de mar y el lacito colgando y el color pardusco de tus bragas. Tú que te prometes que en cuanto llegues a casa las tiras…

Tú, que cuando llegas te acuerdas del polvazo mañanero que acaba de echarte el tipo, a pesar de haber encontrado las bragas él primero, tú que te regodeas en las maravillosas agujetas que empiezas a sentir, tú que te sonríes porque el tipo te acaba de escribir el mensaje revelador ese de “has llegado bien a casa?”, tú que piensas de pronto que por supuesto las vas a echar al cesto de la ropa sucia porque acaban de dejar de ser tus bragas feas para convertirse en tus bragas de la suerte.