Barbie no es perfecta, ella también hizo petting, por TINA

No puedo evitar escuchar las conversaciones del metro. Me encanta. Me embobo y soy capaz de pasarme de estación sólo por saber cómo termina una historia. Mis favoritas, sin duda, son las de las adolescentes/universitarias/emocionalmente inexpertas. Cómo me gusta su punto de vista y sus comentarios.

Admiro ese punto de inocencia pervertida, de timidez hormonada y de lujuria inmadura. No tienen ni idea, disfrutan de una ignorancia relativa que las llena de encanto y atrevimiento. Y aunque los que les duplicamos la edad insistimos en que la juventud ya no es lo que era, que nosotras a los 15 mirábamos las Barbies de reojo, su naturaleza no ha cambiado tanto. Se han adaptado a los tiempos, a las Redes Sociales, a la caja tonta y a que su felicidad sea directamente proporcional al número de rayitas de cobertura de su móvil.  Sigue leyendo

La chorboagenda de Nochevieja…

Hay una extraña fuerza de la naturaleza que se produce en la tarde de fin de año, la de hacer repaso de la chorboagenda. Entre cortar jamón, poner todas las gambas pal mismo lado, sacar las copas que no se usan nunca y que hay que enjuagar porque tienen bichitos de la humedad… mientras pelas las uvas de 20 familiares, al tiempo que piensas en cuál de tus cinco vestidos negros te pones, mientras ocurre todo esto, no sé cómo haces pero te da tiempo a agarrar un rato el móvil y hacer un repaso de todas esas personas (del otro sexo) con las que ya no tienes contacto pero que de pronto relucen entre los centenares de números de tu agenda. Ya está, es nochevieja, tienes la excusa perfecta para escribir. Y sobre todo, para que te escriban…

Está el exnovio más reciente. Es lo propio. Se escribe “Te deseo lo mejor para este año que entra, blabla”, se mandan saludos cordiales a sus padres y adiós. El año que viene, no le escribo.

Está el follamigo último. Sigue leyendo

“¿Esperamos demasiado?” por Nuskita

          ¿Esperamos demasiado? He aprendido a no esperar nada de las relaciones, sean del tipo que sean. O al menos… eso creía… Pero me he vuelto a llevar una decepción, lo cual significa que sigo esperando que “algo” determinado ocurra. A mi favor he de decir que el nivel de ese “algo” ha disminuido forzosamente con respecto a lo que solía esperar antes, cuando era más joven e ingenua.

Cuando tenía 15 años esperaba que el chico a quien había confiado el primer beso estuviera enamorado de mí. Y así fue durante un efímero mes y medio. Con 20 esperaba que aquel hombre que me juraba amor eterno fuera capaz de mantener no ya su palabra, sino el diálogo. Lo último que me dijo fue que quería casarse conmigo. Luego se impuso el silencio y durante un tiempo angustioso tuve que intuir que no tenía intención de que hablásemos más, así que se lo puse fácil y le escribí una carta en la que volqué todo aquello que su mutismo representaba. Hey, alguien tenía que decir la última palabra…

Con 25 esperaba que ese íntimo amigo con quien había iniciado una relación tuviese intenciones formales, pero después de unos meses descubrí que no había ninguna diferencia entre su amiga desde hacía 10 años (o sea, yo) y cualquier otra que hubiese podido conocer en una discoteca la noche previa.

Con 30 esperaba haber aprendido lo suficiente durante la década anterior como para afrontar los nuevos retos con aplomo. Entonces el mercado renovó sus reglas y hubo que adaptarse. Nada de seguir buscando al hombre definitivo: -que me busque él a mi, me encontrará disfrutando de la vida entre amigos e incontables planes-… Mientras aparecía el “adecuado” era preciso pasarlo bien con los “equivocados”. Pero he aquí que aun sabiendo de antemano que los equivocados no iban a ocupar un lugar en mi vida, las decepciones continuaron: no hay reglas, los límites no están claros, todo vale… incluso la mala educación.

Y es que teniendo en cuenta que todos contamos con un pasado, nunca se sabe qué tecla estamos pulsando… ¿estamos traspasando los límites de lo “permitido” cuando felicitamos el cumpleaños a un ligue y le regalamos algo divertido comprado en los chinos? ¿y por qué esa manía de no querer hablar las cosas? ¿no es más peligroso que la mente de cada uno las intuya, imagine e interprete a su manera? Estas cuestiones tan aparentemente triviales han desencadenado auténticas crisis dentro de una “no relación”… qué digo crisis: el final de la “no relación” (con su consiguiente “no amistad”), el reproche, el distanciamiento sin más. Así que esperar, sea al nivel que sea, sólo puede conducir a la decepción. Pero es tan difícil no esperar nada de nada enabsoluto, ni un gesto, ni una palabra amable… nada… no vale esperar.

En definitiva, no consigo dar con la fórmula que me inmunice frente a estos pequeños batacazos, aunque me queda la opción de compartirlo con vosotros. Espero que estas reflexiones os gusten… ¿o también sería esperar demasiado?

NUSKITA