Acerca de IRMANA

Este blog es para mujeres y hombres que hablan de sexo con la boca llena...

¿Qué coño hago yo con un regalo de SPA en pareja?

Partamos de la base de que soy soltera. No, no sería algo que traería a colación así, de forma tan forzada, si no fuera porque tres parejas amigas me regalaron un SPA por mi cumpleaños. Vale, qué majos, será que se me nota que necesito relajarme… pero es que resulta que me regalaron ¡un SPA en pareja!

Sí, así rezaba en el cupón: Irmana, éste es tu regalo: SPA + masaje para dos…

Pues nada, menudo marronaco… se supone que era un regalo para quitarme el estrés, pero que al final me iba a generar estrés, porque ¿¿¿con quién cojones ir???

¿Con una de mis tres amigas del regalo? No, porque cuál… las demás se cabrearían… así somos las tías, sí, hay que joderse…

– ¿Con alguno de sus tres novios? Creedme, fin de la amistad.

– ¿Con un follamigo? Negativo. Se creería que yo he dado el paso y que quiero algo más. Y se acabó el follamigo.

– ¿Con un tío recién conocido? Ni hablar, es enero, tengo las lorzas más lustrosas que nunca y en un SPA de esos se ve todo… con un tío nuevo, mejor en una cama, con la luz apagadita y después de cinco gintonics.

En fin, lo dicho, un marrón. Así que decidí irme con una amiga, la amiga más guarra de las que tengo, que ella también se merece un poco de descanso. Ahí que nos fuimos a nuestro SPA+masaje para dos.

Y esta es la estampa… allí estamos, mi amiga la guarra y yo nos embutimos en los trajes de baño, tan blancas y blandengues que parecemos butifarras, nos colocamos los gorros de natación y parecemos dos espermatozoides, nos vamos a la sala principal y nos metemos en la piscina caliente, nos tumbamos en las camas de burbujas, que te propulsan hacia arriba y eres incapaz de relajarte porque tienes que estar haciendo fuerza con los brazos para no salir flotando; luego nos ponemos bajo los cuellos de cisne que te perforan la espalda con el chorro a propulsión y te pica toda la piel, después intentamos alternar la piscina del agua gélida con la otra calentita, pero eso es un puto suplicio. Luego pasamos al pediluvio, un camino que tienes que recorrer descalza pisando piedras, algo que se supone que es bueno para tu salud. Joder. Probamos en el baño turco, que no es nada guarro ni na… para nuestra decepción, es una sauna pero que huele a eucalipto. A mi se me empiezan a achicharrar las fosas nasales, así que me voy, y del golpe de frío que me da se me empieza a poner mal cuerpo. Así que vuelvo a la piscina caliente a sentarme de una puta vez a relajarme, a la espera de que llegue el masaje ya de las narices, que es lo único que me va a tranquilizar.

Pero de pronto ahí están. No nos habíamos percatado mi amiga la guarra y yo. Los chorritos. Muchos, por todos lados. Apuntando para todas las partes de tu cuerpo. TODAS. Y entonces me doy cuenta de que mi elección de venir al SPA con mi amiga guarra es la mejor. Porque ella también se da cuenta, de los chorritos, y me mira, y las dos comprendemos perfectamente dónde vamos a pasar el resto del tiempo que tenemos en el circuito de SPA hasta que nos llamen al masaje. Y yo solo pienso que ojalá la persona que me dé el masaje sea una tipa con cara de rusa y mala leche que visto en la recepción, porque como me toque un tío mono, con grandes manos que saben dónde tocar, no sé yo si voy a poder contenerme después de la sesión de chorros en la piscina caliente.

IRMANA

Benditas cenas navideñas… por MAYE

Aquí estoy. He vuelto. Siento si me habéis echado de menos, pero es que no tenía nada que aportar. La velocidad de Irmana para quitarme los temas para escribir en el blog es devastadora como un tsunami. Pero esta vez me adelanto y si Irmana quiere hablar del mismo tema que yo, su post tendrá un tono más porno, seguro. 

Vuelvo con las cenas de empresa, “¡pero si ya no hay fechas libres para quedar!” “¡si voy a todas las cenas que me proponen necesito al menos el sueldo de un eurodiputado!” A ver, la cena de empresa, la de las madres del cole, la de las madres del fútbol, las de pilates, la de tus amigas del pueblo, la de tus amigas de la facul, las de las vecinas de la urbanización con las que coincides en verano en la piscina… Total que para cuadrar fechas habría que empezar en septiembre. 

Da igual, sobredosis de cenas y sobredosis de morros con tu marido que no entiende esa manía tuya de no perderte ninguna convocatoria. “Para una vez que las veo”, dices tú poniéndole ojitos, mientras te pintas el morro y te guardas 50 euros en ese bolsillo pequeño del vaquero en el que sólo cabe un dedo, por si necesitas coger un taxi de vuelta. Sí, porque acabarás volviendo en taxi, con los zapatos en la mano y con medio kilo menos de lentejuelas en tu camiseta.

Pero merecen la pena. Todas y cada una de las convocatorias. Porque te ríes, porque bailas como cuando tenías 18 años, porque pierdes el sentido del ridículo, porque recuerdas cómo sabe un gin-tonic, porque le das una calada a un cigarro aunque haga tres años que no fumas, porque ves que en las otras doscientas cenas paralelas que te rodean las hay que están peor que vosotras, porque recuerdas que los maridos de tus amigas son como el tuyo y los hijos, también (mal de muchos consuelo de tontos). Así que las cenas navideñas no deberían dejar de celebrarse nunca.

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Y, sobre todo, las reuniones son excelentes cuando tras esta conversación que os cuento literal, las carcajadas no dejan de oírse en la otra cara del mundo.

– “El otro día dijo un médico en la tele que si la mujer no practica sexo (venía a cuento por un asunto de viudedad temprana) pues que llega un momento que no lo echa de menos”, dice una.

– “Joder, pues claro, que no nos pasa nada si no echas un polvo en un mes o en dos”, responde otra.

– “Oye espera que te grabo pa que lo oiga mi propio”, digo yo.

Y la explosión de carcajadas es equiparable al momento de comunión que nos une otro año más.

Y al final de la noche prometemos quedar más a menudo, pero da igual si no volvernos a vernos hasta el año que viene. Nuestra conexión está hecha a prueba de bombas.

Por las amigas y esos escasos pero maravillosos encuentros.

MAJELU

Yo te quito los calzoncillos, Rafa Nadal…

Joder, joder, joder… siempre me han dicho eso de que un día sientes un flechazo y te enamoras, y te obsesionas, y sabes que es ÉL, y el mundo se tambalea, y no comes, no bebes, te tropiezas, estás en la luna y ya nada es igual. Todo se derrumba, porque te has enamorao de alguien imposible. Pues eso. Que me ha pasado. Me he enamorao de Nadal… sí, coño, qué pasa, Rafa Nadal.

Toda la vida viéndolo en la tele, y estaba ahí… con su timidez, su sonrisilla de niño en plena pubertad, de niño pijo, poca cosita, ahí, con su raquetita y su bolso en el hombro, con su cintita en el pelo, sacándose los calzoncillos del culo antes de cada saque… ainssss.

Lo que son las cosas: ahora los calzoncillos se los sacaría yo a bocaos. ¿Habéis visto el anuncio de Tommy Hilfiger? ¿Lo habéis visto?

Yo sí… cientos de veces… miles… creo que un millón. Esos músculos del pecho, ese vello púbico que sube, ese hueso de la cadera, esos brazos por Dios, ese culo que parece el David de Miguel Ángel diosantodemividaydemicorazon, y se quita los calzones, madre, y el tío va y me mira (porque yo fantaseo con que me mira a mi sola, y o a los millones de espectadores que están en sus casas flipando en colores) y me dice: ay pillina que no vas a ver nada, no seas guarrilla, que vale que estoy muy bueno, pero soy una estrella del tenis y sigo con mi Xisca, y no vas a ver nada aquí dentro de mis calzoncillos blancos… venga que te enseño unas trasparencias y te tiro los Tommy sudaos en la cara… Ofuuu… cada vez que lo veo me hago mis películas e imagino que me dice cochinadas y me dice Irmana, hazme un masajito que tengo los abductores cargaos (en la ingle, pa que se me entienda).

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Y ahora me da igual que ya no sea el número 1, sino el 8… a mi qué más me da… él es el número uno luciendo calzoncillos y es lo único que me importa en esta vida. Y estoy que no me puedo mantener en pie, porque vivo sin vivir en mi. Sí, la Imana hecha una chiquilla, una niña de 15 años, que hasta he forrado la funda del Ipad con la foto de los calzones de Nada y su hueso de la cadera. Sí, yo. Que estoy hasta guardándole fidelidad de lo enamoraita que estoy. Sin rumbo, loca del coño por un niño que se ha hecho hombre, Amen.

Sí, aquí me tenéis, en mi mundo del revés, aprovechando las series para ir a mear y corriendo al salón como las locas para sentarme a ver la tele cuando empiezan los anuncios.

IRMANA

Yo también tengo el coño en Black Friday

¡¡Oferta, oferta!! Pues sí, aviso desde ya: el 27 de noviembre me pongo de rebajas. Aún no sé las condiciones, ya veremos: o te rebajo el tiempo de sexo un 70%, o te la chupo gratis, o te hago un dos por uno. Según me pille…Captura de pantalla 2015-11-25 a las 19.06.43

Pues sí amigos, entiéndase con ironía. Estoy hasta el mismísimo coño negro del Black Friday. Sí, soy así, muy hater yo, mi madre me parió así, por el chichi, como tol mundo, pero yo no soporto los días D y mucho menos importados de EEUU. Porque sí, queridos, el Black Friday de los huevos supone el pistoletazo de salida a las compras de Navidad en el país de la hamburguesa y las pelis de asteroides, un gran día para su cultura e idiosincracia que ahora no hay dios de quitarse de encima. Como el puto jalogüin. Y se ha instaurado aquí como si toda nuestra vida hubiésemos celebrado eso, como si tu Navidad se te fuera a prescribir por no comprar algo (caro) esa puta noche. Resulta que el viernes te puedes comprar un sofá con rebajas, un vestido de fantasía, una batidora y hasta pedir pizzas con descuento. Vale, somos así. Nos gustan las tontunadas. Hasta ahí bien.

Pero cuando yo veo a la peña haciendo colas, deshaciendo planes para ir a las tiendas, pasando frío en la calle porque dentro no se cabe, cuando veo a la peña comprándose de todo, de todo eso que no quiere pa na, cuando veo a la gente subiendo sus selfies de “sí, amigos, he comprado en Black Friday dos teles planas, no las quiero pa na porque ya tengo, pero ya veré a quién se las regalo son mu baratas hija que es Black Friday coño y sólo me han costado mil euros cada una”… cuando veo eso, cuando veo las estanterías arrasadas como si no quedara na para el 4 de enero que es cuando yo me pongo a comprar los Reyes, cuando yo me entero que hay sitios que han engordado sus precios días antes para atraer a los consumistas corderitos a sus redes (y eso, amigos, es como ir a una cita pajeada), cuando yo veo to esto en el Black Friday, me dan ganas de echar a correr.

Pero esta vez no, que como es viernes y yo estoy con mucho frío y angustia vital, he decidido esta vez unirme al blacfraidei y ponerme de rebajas, así que búscame, Jack, búscame este viernes porque o te la machaco con las manolas, o te hago el numerito de la enfermera malota o te saco mis jugetitos… Yo solo te digo que por esta vez quiero que arrases mis estanterías, que hagas cola por si te elijo, que me des sexo a manos llenas, que llenes tu carrito de posturas… y también apunta, que no te voy a dar un vale descuento para otro día y que probablemente te quedes enganchado en esa tentación que es comprar en la tiendecita de mi cuerpo. Al precio que sea.

IRMANA

La teoría de las bragas feas: te las pones y follas

No falla. Te las pones, y ese día follas. Esas bragas taaaaan feas… porque todas las tenemos, sí, bragas objetivamente horrendas, anchotas, cuyas gomas no se clavan ni te sacan (más) chicha. Las bragas de la regla. Que te las pones aunque no la tengas, claro. Quieres ir cómoda, las llevas y piensas “total pa quien me las va a ver”… (en esto me acuerdo de mi abuela que siempre decía que había que ir con las bragas limpias y sin agujeros por si te pasaba a algo y acababas en el médico, por Dios qué va a pensar si te ve esas bragas con boquetes, Irmanita mi vida, que vergüenza)…

A lo que voy: en esta teoría valen tanto bragas feas como esas con el elástico vencido, con el boquetito de turno (bah, ya las tiraré, que son como un guante) o incluso (modo puajjjj) con el manchurrón marrón de sangre que no se quita ni tirándolas al fuego. Pero tú vas cómoda, joder, qué más da… bastante me aprietan ya los vaqueros de la 38, que por mis muertos me lo sigo poniendo, aunque tenga ahora una talla 40 (ya más tirando a la 41 y medio). Y ahí que sales de tu casa en plan “ a tomarme una y me voy”, con tus bragas feas… y ¡pum! Follas…

Y no, no hablo del caso Brigitte Jones y su braga-faja para verse estilizada, embutida en un vestido negro de tubo. Esto es mas “voy feliz y sin ataduras ni presiones en la carne y tranquila y relajada porque hoy no toco a un tío ni con un palo) pero he dicho que ese día ¡pum! Follas.

Sí amigas es una teoría empírica. Cagoentó… Diosantooo… tienes un cajón repleto de prendas de encajes, tangas, lacitos, leopardos y fantasía pero tú acabas en la cama de un tío monísimo que está a punto de quitarte una de esas bragas cedidas de algodón de Primark con dibujos de caballitos de mar, descoloridas y con el lacito colgando, a medio caer. Sí, es así. Tú que no querías trincar nada esa noche, tú que te tomabas un gintonic y te ibas a casa… tú que eras feliz sin enseñarle las miserias a nadie, tú que no soportas dormir en pelotas porque te da cistitis fijo, tú que no encuentras las bragas entre el enredo de sábanas y prendas y endredones que huelen a sexo…

Joder, tú que tienes que pedir ayuda al chico a encontrar tus horrendas bragas, tú que piensas que lo fácil sería como con el móvil, llamar a tus bragas a ver dónde están, que se iluminen y tú llegues antes a ellas, tú que rezas por encontrarlas primero, tú que te mueres cuando el tío dice: aquí están, dándotelas como quien acaba de encontrar un pañal de bebé recién cagado, y tú que te das cuenta de que anoche, con la pasión, el tipo ni te miró ni las bragas pero que ahora, a plena luz del día, las ha visto, ha visto los caballitos de mar y el lacito colgando y el color pardusco de tus bragas. Tú que te prometes que en cuanto llegues a casa las tiras…

Tú, que cuando llegas te acuerdas del polvazo mañanero que acaba de echarte el tipo, a pesar de haber encontrado las bragas él primero, tú que te regodeas en las maravillosas agujetas que empiezas a sentir, tú que te sonríes porque el tipo te acaba de escribir el mensaje revelador ese de “has llegado bien a casa?”, tú que piensas de pronto que por supuesto las vas a echar al cesto de la ropa sucia porque acaban de dejar de ser tus bragas feas para convertirse en tus bragas de la suerte.